lunes, 2 de febrero de 2015

Relato - Pieter Brueghel, Camino del Calvario

El personaje principal del la historia es el individuo que carga con la cruz, señalado con color morado en el centro del cuadro:



No se muy bien a donde voy, pero desgraciadamente sé de donde vengo y el camino en el que emprendido me hallo. Vengo de una tierra lejana, llana, pero de la cual he querido desvincularme, un divorcio de esos que se hacen por salud, o eso dicen. Cansado de ser consciente de haber pertenecido a un lugar en el que una vez eres etiquetado, tus obligaciones y anhelos se truncan. A mi me gustaba tener la iniciativa de mi vida, levantarme por la mañana temprano e irme a dormir pronto, pero se vivía de noche. De poder elegir y no ser consciente de ser una pieza de un rompecabezas cuando mi impulso es ser el rompecabezas en sí.

No hace mucho algunos con los mismas ansias que yo de marchar, me comentaron que no excesivamente lejos, quedaba un lugar, un enclave sin pérdida donde la gente vivía en paz consigo mismas y todos ayudaban a ello, un lugar de libertad.

Con su humilde y legendario molino marcando el camino, a aquella tierra llegamos un grupo de emigrantes y la cual nos acogió fervientemente. Los primeros días de mi estancia allí eran de grandes expectativas. Los lugareños interesados comenzaron a montar un jaleoso jolgorio. No comprendía muy bien que estaba pasando cuando literalmente todo el pueblo salía a la calle, con ambiente festivo y de celebración ante mi incomprensión en ese instante...

Lo que puedes presenciar ahora es el momento en el que me hallo, cargado con la cruz de su vergüenza, me encuentro exhibiéndome ante las gentes, como ejemplo de burla y afronta a la identidad propia, la prueba del desarraigamiento del lugar de procedencia que sus gentes no deben imitar. La gente me señala y se ríe, llevándome  hacia la colina, donde me reuniré con mas de los que han corrido mi suerte mientras la comunidad se jacta, recordando que no pueden someter sus deseos individuales a lo que sus gobernadores dictan, enorgulleciéndose de no tener riendas de su vida, como simbólicamente les indica su molino, bien alto, inalcanzable a priori. Los chiquillos burlones corretean y balbucean festivamente, los hombres me acompañan y sus descalificaciones hacía mi persona en una procesión de la vergüenza, aprovechando para lanzarse hacia la carroña que suponemos, como los cuervos que nos sobrevuelan. Un grupo de mujeres y una anciana en especial, lloran la muerte de la humanidad de su comunidad, mientras la guardia montada a caballo nos obliga a aproximarnos a nuestro destino por una elevación del terreno. Los árboles conforme avanzamos pierden su verdor y por consecuente parte de su vida, dejamos las frondosos montes para dirigirnos a un altiplano raso y deprimente. 

La prueba del origen del orgullo y la felicidad de estas gentes, que en esperanzadoras historias me habían contado que poseían, no tiene su origen en la benevolencia ni el respeto de sus gentes, sino en el aplastamiento de los diferentes y débiles, considerados inferiores a ellos, por lo que su autoestima como comunidad no residía en la bondad, ni en el respeto, sino en su maldad.

Después de lo acontecido como he mencionado antes, no  se después de esto a donde marcharé ya que me hallo sin lugar al que ir, condenado a errar durante un tiempo con la culpa. Pero la experiencia me dice, que no encontraré la paz en ningún sitio, porque la paz que anhelo, comienza cuando uno deja de estar en guerra consigo mismo.

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